Nos hemos reunido en esta hora santa, al pie de la cruz del Señor, para contemplar con fe, con recogimiento y con esperanza el misterio de Jesucristo crucificado.
El Viernes Santo no es solo el recuerdo doloroso de un hecho pasado. Es la actualización, en el hoy de la Iglesia, del amor más grande: el amor del Hijo de Dios que se entrega hasta el extremo por la salvación del mundo. En la cruz contemplamos a Cristo herido, humillado, despojado y entregado; pero contemplamos también el rostro de un Dios que no abandona a la humanidad sufriente, sino que entra en su noche, carga con su dolor y abre, desde allí, un camino de redención.
Por eso, las siete palabras que vamos a escuchar no son únicamente las últimas palabras de un condenado a muerte. Son palabras vivas. Son palabras pronunciadas desde el centro mismo del sufrimiento humano, pero llenas de una fuerza divina capaz de iluminar también nuestras propias cruces. Son palabras que alcanzan el dolor de las familias, la incertidumbre de los pueblos, las heridas de la sociedad, el cansancio de muchos corazones y también las pruebas de la misma Iglesia.
Vivimos tiempos marcados por fracturas, violencias, necesidades y desorientaciones. Nuestro pueblo conoce el peso de la incertidumbre, de la pobreza, de la división y de la fatiga. El mundo entero atraviesa conflictos, guerras, exclusiones y sufrimientos silenciosos. Y también en la vida eclesial hay búsquedas, heridas y llamados profundos a una conversión más evangélica, a una cercanía más real y a una esperanza más purificada.
En este contexto, la cruz de Cristo no nos aleja de la realidad: nos enseña a mirarla de frente, pero de otra manera. Desde la cruz, Jesús responde al mal con el perdón, al dolor con la compasión, a la soledad con la comunión, al abandono con la confianza, y a la muerte con la entrega total al Padre. Por eso, contemplar hoy las siete palabras del Señor es dejarnos conducir por un camino espiritual que va del perdón a la esperanza, del sufrimiento a la ofrenda, de la herida a la promesa.
Pidamos la gracia de escuchar estas palabras con corazón creyente. Que no pasen solo por nuestros oídos, sino que desciendan a nuestra vida. Que al contemplar al Crucificado podamos reconocer en Él a todos los crucificados de hoy. Y que, al escuchar su voz, aprendamos también nosotros a perdonar, a acompañar, a perseverar y a confiar.
Dispongámonos, entonces, en silencio y oración, a escuchar las Siete Palabras de Nuestro Señor Jesucristo desde la cruz.
Primera Palabra
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)
Por: P. Józef Smyksy CSsR
Perdónales. Tales palabras le salen a Jesús de toda la profundidad y abundancia del amor divino. Él que es la víctima se convierte en el abogado de sus verdugos. Excusa a los verdugos diciendo: no saben lo que hacen.
¿De verdad no sabían lo que hacían?
Sabían que estaban crucificando al hombre inocente. Hubo personas que exigieron su muerte tantas veces (cfr. J 19,7). Hubo personas que aclamaron crucifícalo (Cfr. Mc 15,21). Pilato permitió el asesinato a una persona inocente sólo para contentar a la turba enardecida.
Tanto sufrimiento causa un hombre a otro hombre: guerra, hambre, injusticia, estafa, engaño, violencia, secuestro de diferentes instituciones del bien común por el crimen organizado, cinismo de la justicia, etc.
No hay pecado que Dios no pueda perdonar. Dios no se cansa de perdonar.
El problema es que nosotros no vemos el sentido de pedirle perdón al Señor. Pedir perdón a nuestras víctimas.
Tenemos a nuestro favor el mejor abogado, que desde la Cruz pide al Padre: Perdónales, porque no saben lo que hacen.
“Tus pecados quedan perdonados” – Dios le dijo a David arrepentido (cfr. 2S 12, 13).
“Yo no te condeno, no peques más” – Jesús le dijo a la mujer la que unos presentaron a Jesús para que la condenará (Cfr. Jn 8,11)
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” – Jesús ora por los que lo crucificaron. No sabemos si sentían remordimiento o si estaban arrepentidos. El perdón del Señor les llega por adelantado.
Estas palabras leemos hoy en el contexto de las personas heridas por el pecado; en la experiencia de una sociedad herida por divisiones, agresividad, enfrentamientos, desconfianza y pérdida del sentido del pecado.
Jesús responde al mal ofreciendo el perdón. El perdón no es debilidad ni olvido de la justicia, sino una forma alta de resistencia espiritual y de reconstrucción del tejido humano deformado por el pecado.
Nuestra sociedad necesita de la verdad de la Palabra de Dios para sanar el tejido social con el perdón y con la reconciliación. Del perdón nace la confianza y la esperanza.
Segunda Palabra
“Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”
Por: P. Jorge Castillo CMF
“Encima de él había una inscripción que decía: Éste es el rey de los judíos.
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
—¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros.
Pero el otro lo reprendió diciendo:
—¿No tienes temor de Dios, tú, que sufres la misma pena? Lo nuestro es justo, recibimos la paga de nuestros delitos; pero él, en cambio, no ha cometido ningún crimen.
Y añadió:
—Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí.
Jesús le contestó:
—Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 38-43)
La escena que tenemos enfrente es de escarnio y burla para los condenados a muerte. El cartel que muestra el motivo de la condena de Jesús: “Éste es el rey de los judíos”, se contradice con el hombre que cuelga del madero, desangrado, vulnerable y al borde de la muerte. Quienes lo condenan dejan en claro quién tiene el poder y quién no, quién puede asesinar impunemente y quién puede burlarse de un inocente. Jesús no tiene este poder. Para completar la escena, hay otros dos condenados a su lado. Todos declarados culpables, sin derechos y sin más oportunidades. Estos dos no son inocentes, están pagando lo “justo” por sus delitos. Seguramente, más de uno, que pasaba por ahí, habrá pensado: “merecen lo que les pasa”.
Lo curioso es que los insultos no solo vienen del público o de las autoridades que condenan a estos pobres hombres. Hay un insulto que proviene de al lado, de otro que está sufriendo como Jesús, de un compañero en el dolor y el sufrimiento. “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros”. Este es un grito de impotencia que lleva la marca del odio y la amargura, incluso en el último momento de aliento. Y va dirigido al compañero más cercano; un desahogo inútil, que lo único que logra es ahondar más el dolor y el miedo de este último momento de vida.
Jesús no le responde. Comprende la frustración de una vida truncada por lo inevitable y entiende a aquellos cuyos gritos y lamentos claman hasta lo más alto del Cielo. En ciertos momentos es mejor no responder. Cuando la vida duele tan hondo, lo mejor es callar y acoger esta expresión tan humana, aunque sepa a rabia y agresión injusta.
Justo en ese momento, el otro delincuente, ese al que la tradición le ha llamado “el ladrón arrepentido”, habla. No insulta, no se desahoga, no maldice. Solo abre su corazón a lo único valioso que le queda: el amor y la compasión de Dios.
Habla del “temor de Dios”. Una cepa de la espiritualidad judía muy arraigada en la tradición del Antiguo Testamento. No tiene nada que ver con el miedo o el terror hacia Dios, ni siquiera con el miedo al castigo, ni terrenal ni eterno. El temor de Dios es la sensación, naturalmente humana, que nos embarga al momento de comprender la grandeza y la majestuosidad de Yahvé. Como Moisés cuando siente la presencia del Señor en lo alto de la montaña de Sinaí en medio de rayos y truenos. Pero, junto a esa primera sensación de temor, viene el sentimiento de plena confianza, porque ese Dios “todo poderoso” es sobre todo “bueno e indulgente, misericordioso con cuantos le invocan […] compasivo y piadoso, paciente, todo amor y fidelidad” (Salmo 86). “¡No tengan miedo!” es la expresión que repite, una y otra vez, Jesús, a aquellos que creen que, todo se acaba y que hay más esperanza. Es una invitación a la confianza en este Dios tremendamente bueno.
El crucificado junto a Jesús, reconoce la grandeza de Dios y su propia culpa, pero además es el único capaz de darse cuenta que el Mesías agonizante es un hombre justo, un hombre de Dios, un inocente que entrega su vida en la muestra de amor más grande que nadie puede ofrecer, excepto Dios mismo. Y junto a ello, reconoce, en el crucificado de al lado, al Rey del universo, “cuando llegues a tu reino…” Su fe va más allá de las apariencias, porque éstas muestran vulnerabilidad y despojo, la verdad es que el Rey de la historia ha decidido hacerse uno de nosotros, hasta “humillarse, obediente hasta la muerte y una muerte en cruz” (Flp 2, 8). E intuyendo que el final de la historia no es ni la muerte ni el sufrimiento, le pide un sitio en su reino.
Jesús, el rostro de la misericordia del Padre, solo contesta: “te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Confirma en la fe al compañero crucificado que reconoció la presencia de Dios en el mismo lugar de la muerte y la debilidad. No es una promesa vacía o paliativa para aquél que agoniza. Es la promesa divina a quien ha reconocido su pecado y ha sido capaz de reconocer a Dios en el crucificado de al lado.
La escena no es ajena a nuestras vidas. Nosotros también somos culpables, hemos robado, hemos matado, hemos hablado mal de los demás, hemos destruido, hemos traicionado a Dios y al prójimo. Merecemos la cruz. Pero no podemos cerrar los ojos a aquel que, siendo inocente, ha querido cargar con nuestros pecados y sufrir con nosotros lo que los seres humanos sufrimos: la injusticia, la humillación e incluso la muerte. Tenemos a nuestro lado, no a cualquier hermano, tenemos a Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, el Mesías que debía de venir, el Rey de Universo. Él carga con nuestros sufrimientos y dolores, escucha nuestras penas, rabias y frustraciones. No nos juzga, solo comparte la vida y la muerte como un hermano más, con solidaridad y amor. Justamente él nos invita a reconocerle en los crucificados de nuestro mundo. No están lejos, están a nuestro lado, en aquellos que mueren por la indiferencia, aquellos que agonizan a causa de la corrupción y las injusticias, en los niños atrapados en la trata, la violencia o las guerras, en los que sufren a causa del narcotráfico y la drogadicción. Basta que le reconozcamos en esos rostros coronados de espinas y entenderemos la promesa de Jesús: ahí mismo estamos participando del paraíso, lo estamos haciendo presente en nuestro mundo, contribuimos al auténtico reinado de Cristo, estamos anunciando verdaderamente la Buena Noticia de Jesús.
Tercera Palabra
“Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26-27)
Por: Michael Franz
Una familia nunca es un paraíso perfecto. Siempre hay también algunas tensiones, malos entendidos y sufrimientos. En la boda de Caná, Jesús se dirige a su madre diciendo “Qué tengo yo contigo, mujer?”. Bastante rechazo, distancia. Pero ella confió totalmente en su hijo. “Hagan todo lo que él les diga”, les dijo a los sirvientes de la boda. La mamá de Jesús confiaba en él y lo apoyaba a pesar de todo. Incluso aun cuando él no parecía querer reconocerla como su madre.
Ahora, al final de su vida, se revela que “tiene Jesús con esta mujer”. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Jesús está partiendo de este mundo, volviendo a su Padre, donde todavía no le pueden seguir sus seguidores. Pero no los deja solos. Como María confiaba en su Hijo Jesús y lo acompañaba en su vida, ahora en su muerte Jesús le encarga ser una madre así para todos sus discípulos, para todos nosotros. Y al discípulo dice: “Ahí tienes tu madre”. Sean familia. Cuiden unos de los otros. “Desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.” La familia de Jesús son, en realidad, todos los que creen en él. Para la comunidad de sus discípulos, la familia es el tipo de comunidad que Jesús nos pide ser. Mirando desde la cruz hacia las personas que lo aman y que no lo abandonaron, Jesús les dice: sean familia. Este es su modelo de Iglesia.
Cómo somos Iglesia hoy día? Somos principalmente y en nuestro corazón familia? O somos algo diferente? Qué siento al entrar en el templo para una misa, qué siento cuando voy a algún encuentro o evento de la parroquia? Y cómo me hago yo parte de esta familia? Como hijo, hija de María, como hermano, hermana de los otros discípulos amados de Jesús que están a mi alrededor? Voy a la misa para recibir algo, o para cumplir con la tradición, o para estar con mi familia? Hago mi servicio pastoral, sea como sacerdote, religioso o láico porque tengo algo para enseñar o porque quiero acompañar a mi familia de fe, estar con ellos?
Lo que Jesús constituye desde la cruz con esta palabra es una familia. La Iglesia primeramente debe ser una familia.
En la familia, primero somos hijos. Hijos de María que nunca abandonó a su Hijo Jesús. Somos hijos que cada uno tomamos nuestro propio camino. No siempre entendemos nuestros padres o estamos de acuerdo con ellos. No siempre entendemos o estamos de acuerdo con los desarrollos en la Iglesia, no siempre nos llevamos bien en la parroquia. Pero con sus últimas palabras, Jesús nos llama a unirnos como familia, a acogernos y acompañarnos. Y nos llama a cada uno. El “discípulo a quien amaba” no es algún escogido obispo o sacerdote. Es cualquiera de nosotros. Yo mismo, tu mismo somos este hijo.
En nuestras familias, cuántas rupturas hay! Padres separados y los hijos entre el uno y el otro, mayores que se quedan solos sin que los hijos los visiten o cuiden, hijos que pierden sus padres, sufrimiento por violencia en la propia familia. Y creo que no soy el único hijo que en algún momento he dicho a mi mamá “mujer, qué tengo yo contigo?”. No siempre podemos escoger las personas con quienes vivimos. E incluso con las personas que escogemos que sean parte de nuestra vida puede haber mucha diferencia y dificultad. Hablando de las tensiones con mi papá, mi mamá dijo: “Es una decisión que tomamos para estar juntos y aunque cueste, la tomamos cada vez de nuevo”.
Con mi familia y mi pareja he aprendido: Lo más difícil en ser familia es que tendemos a querer que el otro sea como yo quiero que sea. Que se cumpla mi propia idea de cómo debe ser la familia, el hijo, la mamá, la pareja. Pero lo que verdaderamente es amor, es dejar que el otro sea el mismo, ella misma. “‘Ahí tienes a tu madre.’ Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.” Acoger al otro tal como es, aceptarlo al hermano, al hijo o papá con sus diferencias y debilidades, puede ser bien difícil. Pero lo que construye la unidad es cuando logro superar mi idea de cómo debe ser esta familia y decido aceptar al otro en libertad.
Cuando Jesús está por partir de este mundo y ve junto a él a sus seres queridos, el mensaje que les deja es “acójanse como familia”. Aceptemos este reto. Tomemos la decisión de aceptarnos cada día. En nuestras familias con nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestras parejas. En la Iglesia, en nuestra parroquia, nuestro grupo, nuestro cargo o simplemente yendo a la misa. Formar una familia unida es algo activo. Tenemos que decidirlo y hacerlo cada día, activamente, cada una y cada uno, por aceptarnos y acogernos en libertad.
Y como Iglesia no estamos llamados a hacerlo solo a nuestro interior. Si aprendemos en nuestras familias y en la Iglesia a ser familia, también podemos construir una sociedad más unida. Si en la Iglesia aprendemos a ser familia, aceptar que el otro sea diferente, aunque no me guste su opinión o su camino de vida, si aprendemos a acogernos y cuidar uno del otro, también lo podemos vivir en nuestro trabajo, con nuestros grupos de amigos fuera de familia e Iglesia.
Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes tu madre. Sean familia. Acójanse. Nunca es fácil. Pero es nuestro llamado y la esperanza que podemos construir, decidiendo cada uno, cada día, a construir una comunidad así. Con cuántas personas ya me he encontrado directamente hoy? En mi caso actualmente son ….personas. Puedo decidir aceptarlas con sus diferencias. Puedo decidir hacerme familia con cada una. Y también con todas las personas con quién me encuentre en el resto de este día.
Recién después de haber constituido esta nueva familia, Jesús sabe que “todo está cumplido”. Que seamos iglesia como una familia de fe, es parte de que se cumpla la obra de Jesús. Nos toca a nosotros hacerlo realidad vivida. Vivir como familia que se acepta, se une, se acoge. Siempre cuando seamos familia así en nuestra familia de sangre, en la Iglesia y en toda la sociedad, se cumplen estas palabras de Jesús en la cruz. Ser familia no es facil, requiere aceptarnos con nuestras diferencias. Pero construir una familia es el legado que Jesús nos deja en la hora de su muerte.
Este viernes Santo Jesús nos invita a escuchar sus palabras de la cruz en cada momento que nos encontremos con alguien: “Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes tu madre.” Lo acepto?
Cuarta Palabra
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34; Mt 27,46)
Por: Carmen Julia Luján
En esta tarde santa en la que contemplamos a Cristo crucificado, escuchamos una de las palabras más estremecedoras, desconcertantes y más humanas de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Esta no solo se escucha con los oídos, sino también con las heridas y los silencios que cargamos por dentro.
Jesús pronuncia esta palabra, pero no es un reclamo desesperado ni la exclamación de un derrotado, como muchos podrían interpretar. Es, más bien, la oración del Hijo que, en medio de la oscuridad, sigue dirigiéndose a Dios, incluso cuando experimenta el silencio y un aparente abandono porque Jesús no deja de llamarlo al decir: “Dios mío”. Es decir, allí también, en ese llamado, está su fe.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” No llega a ser una expresión pasajera. Por el contrario, es un grito. Pero, sobre todo, es la oración de quien sufre hasta el extremo. Y es también, muchas veces, la oración que brota del corazón de tantos hombres y mujeres cuando el dolor que sienten por cualquier problema o crisis parece no tener respuesta. Puede ser que en algún momento de nuestra vida también nosotros la hayamos pronunciado. Tal vez no con esas mismas palabras. Pero sí con el corazón.
Como cuando una madre reza por un hijo y no ve ningún cambio. O cuando una enfermedad se prolonga y parece no terminar. También, cuando el dolor no encuentra explicación. O desde el trabajo y el servicio, también cuando se ama, o se entrega todo de uno mismo, pero aun así solo se encuentra silencio. Entonces, surge esa pregunta que quizás no queremos pronunciar, pero que brota por dentro: “Señor, ¿dónde estás?” “¿Por qué callas?” “¿Por qué no escuchas mi oración, mi necesidad?” “¿Por qué me pasó esto a mí?
¿Cuántas veces hemos pensado que ser personas de fe es siempre sentir consuelo, paz, cercanía y claridad? Pero la cruz de Jesús nos enseña otra cosa. La fe a veces alcanza solo a decir: “¡Dios mío!”
Esta cuarta palabra dicha por Jesús en la cruz nos permite identificar una herida que también está dentro de nuestras comunidades eclesiales: el cansancio espiritual de muchos creyentes y también de muchos agentes de pastoral.
Hoy, con respeto, hago referencia al dolor silencioso de tantas mujeres laicas, agentes pastorales que han servido con mucha generosidad en nuestras parroquias, ya sea en la catequesis, en la liturgia o en la vida de la comunidad. Me vienen a la mente tantas mujeres que han sostenido durante años la vida de nuestra iglesia. Por ejemplo, con la limpieza del templo o con la organización silenciosa de tantas actividades que casi nadie nota, pero que son fundamentales para que la comunidad marche y salga adelante.
Sin embargo, en algún momento sintieron que Dios callaba. Muchas han vivido pérdidas tanto físicas como económicas, enfermedades, crisis familiares, desilusiones, cansancio, incomprensiones, soledad y poco a poco, comenzaron a alejarse: primero del servicio, luego de la comunidad y, a veces, tristemente, hasta de Dios, porque no encontraron respuesta a su sufrimiento e interpretaron el silencio como falta de amor. No porque estas mujeres sean malas, tampoco porque ellas no amen al Señor, sino porque -quizás- en medio de su dolor, no encontraron una respuesta que apaciguara su dolor. Ya que, desde su oración, sintieron silencio y esperaron consuelo, pero solo sintieron un vacío. Tal vez porque buscaron luz y solo encontraron noche.
Cuando una agente pastoral se cansa, es decir, esa mujer de fe que sirve a la parroquia y siente que ya no puede seguir, Jesús Crucificado no la señala con el dedo. Esta cuarta palabra nos revela que Dios se hace presente incluso en la experiencia de su aparente ausencia.
A veces interpretamos el silencio de Dios como la ausencia de Dios. Pero la cruz nos enseña otra cosa, aunque a veces no lo podamos entender ni aceptar así. Nos enseña que el silencio no siempre es vacío. El Padre, Dios, parece callar, pero no abandona. El Hijo, Jesús, se siente abandonado, pero no deja de confiar y de tener esperanza.
Por eso, esta palabra de Jesús nos llama, primero, a dar dignidad al dolor de quienes ya no encuentran palabras para rezar y deciden no rezar más. Nos enseña a respetar el dolor ajeno y no responder solo con frases fáciles como: “Hay que tener más fe”. Nos enseña a no exigir fortaleza a quien está quebrado por dentro y a no reducir la crisis interna a la falta de fe.
Hay personas que no han dejado de amar a Dios, simplemente están heridas. Hay agentes de pastoral que no han perdido del todo la fe, solo están cansadas, decepcionadas, vacías, esperando una palabra de aliento o una comunidad que no las juzgue, sino que las sostenga.
Nos llama también a revisar cómo estamos siendo y viviendo en la comunidad parroquial. Porque si tantas personas sirven y luego se van heridas, algo está pasando. La Iglesia está llamada a acompañar, no solo a organizar; a consolar, no solo a pedir; a cuidar a quienes sostienen la vida pastoral, no solo a contar con ellas cuando hacen falta para organizar algo.
Tal vez, a veces, hemos pedido mucho y acompañado poco. Hemos exigido generosidad, pero no hemos sabido sostener a quienes sostienen. Podría ser que hayamos contado con las personas para la misión, pero no siempre hemos cuidado sus heridas. Hemos valorado más la función que el corazón. Más el servicio que la persona. Entonces, al pie de la cruz, el Señor también nos dice: “aprendan a acompañar”.
Acompañar a quien duda, al que se cansa, al que ya no entiende, al que está herido. Acompañar sin apurar procesos y no juzgar a nadie. Porque muchas veces la fe madura en la oscuridad.
Desde esta cuarta palabra, quisiera decirles a tantas agentes pastorales, a tantas mujeres de fe, a tantos servidores cansados, a tantos corazones que se han ido alejando de la comunidad parroquial, de la iglesia o de Dios: si alguna vez sintieron que Dios las abandonó, miren a Jesús crucificado. Él conoce bien ese dolor, él cargó sobre sí mismo el clamor y dolor de toda la humanidad. Él cargó con el sufrimiento de los oprimidos, de los heridos, de los que ya no entienden, de los que ya no sienten.
Aunque ustedes sientan silencio y no encuentren respuesta y solo tengan preguntas o reclamos, Cristo no abandona. Él pasó por lo mismo. Él atravesó la noche, la oscuridad. Pero no se quedó ahí, nos abrió el camino, nos regaló la Pascua de Resurrección.
El grito de Jesús nos recuerda que también dentro de la Iglesia hay cansancio, hay soledad, hay desolación espiritual. Y que el Viernes Santo no solo nos invita a mirar el dolor del mundo, sino también las heridas de quienes, habiendo servido a Dios, hoy sienten que ya no lo encuentran.
La última palabra la tiene la resurrección. Por eso, contemplemos a Jesús en la cruz y estemos seguros de que si Dios nos ha amado hasta el extremo de entregarnos a su Hijo, si Jesús se dejó crucificar por amor a nosotros y atravesó el abandono sin romper su confianza, entonces, también nosotros podemos estar seguros de que aun en la oscuridad de la noche, Dios no nos suelta, aunque no lo sintamos o no lo entendamos así. Aunque todavía no veamos la luz.
Terminemos pidiéndole al Señor, con humildad, con el corazón abierto, la gracia de permanecer junto a él incluso en el silencio:
“Señor Jesús, en tu grito reconozco mis propias dudas y miedos. Enséñame a confiar en tu amor, incluso cuando todo parece silencio”. Amén
Quinta Palabra
“Tengo Sed”(Jn 19,28-29)
Por: Juan Carlos Parapaino
“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba terminado de manera que se cumpliese la Escritura, dice: “¡Tengo sed!”. Había allí un vaso lleno de vinagre. Habiendo fijado a una rama de hisopo una esponja llena de vinagre, se la acercaron a la boca” (Jn 19,28-29)
La sed es uno de los más terribles tormentos de los crucificados. Cuando se pierde la sangre, se experimenta enseguida el tormento de la sed. Esto produce, naturalmente, la deshidratación de los tejidos y pronto se experimenta el fenómeno de la sed. Jesús había perdido ya mucha sangre: en Getsemaní, en la flagelación, con la corona de espinas, en el camino del Calvario con la Cruz a cuestas y en la crucifixión. En lo alto de la Cruz se iba desangrando poco a poco. No es extraño que suplicara un poco de agua.
Ahora bien, el “tengo sed” de Jesús en la cruz expresa una sed más de dar que de recibir. Así como a la samaritana le ofrecía el agua viva, el don de Dios que es el Espíritu Santo, ahora hace lo mismo: tiene sed ardiente de dar el don de Dios, de entregar a los hombres el Espíritu Santo, prometido en las Escrituras (Ez 36,26s) y conquistado con su misión ya consumada y con su exaltación en la cruz.
Tengo sed, es la palabra más humilde y compasiva, es el grito del dolor y del agotamiento físico. Jesús pide de beber no para que se cumpla una profecía, sino porque su pobre cuerpo está devorado por la sed. No se oye sino el grito del tormento de la sed. Jesús sólo parece quejarse de la sed: no de los azotes, ni de las espinas, ni de los clavos…De nada. Solamente de la sed.
Esta expresión tengo sed es queja y súplica. La sed implica angustia y soledad. La sed de Cristo es una puerta de acceso al misterio de Dios, que tuvo sed para saciar la nuestra, como se hizo pobre para enriquecernos. San Agustín escribe: tiene sed de que nosotros, los humanos, tengamos sed de ti. Un hijo de Dios que se muere en la cruz tiene sed de vida. Jesús tiene sed de nuestras buenas obras. Es el grito silencioso de un Dios que, habiendo querido compartir todo de nuestra condición humana, se deja atravesar también por esta sed. Un Dios que no se avergüenza de mendigar un sorbo, porque en ese gesto nos dice que el amor, para ser verdadero, también debe aprender a pedir y no solo a dar.
El ser humano contemporáneo, aun rodeado de bienes y tecnología, experimenta una deshidratación espiritual. Como en la cruz, se ofrecen “vinagres”: placeres pasajeros, poder, consumo, ideologías… pero ninguno sacia verdaderamente.
El “tengo sed” de Jesús resuena hoy con una fuerza particular en los hogares de niños y niñas huérfanos-huérfanas que han sufrido violencia. Estos niños no solo carecen de agua o de bienes materiales; tienen sed de ser reconocidos como personas, de ser mirados con amor, de sentirse seguros. Su herida no es solo física o social, sino profundamente afectiva y espiritual. Muchos han aprendido a desconfiar, a cerrarse, a sobrevivir… porque el mundo que debía cuidarlos los hirió.
En la crucifixión cuando Jesús pidió algo de beber, los soldados solían tener en una vasija una mezcla de agua y vinagre. Uno de ellos tomó una esponja en la mano y colocando la punta humedecida en un palo, la acercó a la boca de Jesús, hermanos ¿Fue por compasión?, para excusarse el soldado de ayudar y por temor a que se lo impidieran, el soldado habla como los de su ambiente y finge burlarse de Jesús. Tiene que echar un poco de amargura a su pobre acto de bondad[1]. Muchas veces nosotros por miedo actuamos en contra de nuestro ser que es el amor, queremos camuflar nuestras acciones por miedo al qué dirán.
Jesús quiere que esta misericordia que se le ofrece, se la hagamos a sus miembros. La indigencia física que él sigue sufriendo, es recordada varias veces en el Evangelio bajo la forma de sed. El evangelista Mateo 10, 42 nos dice “el que diere de beber a uno de estos pequeñuelos tan sólo un vaso de agua fresca porque es mi discípulo, les digo que no perderá su recompensa”. Hay que recordar, además a este respecto, el pasaje del juicio final: “Tuve sed y me dieron de beber…en verdad les digo, cuanto hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron (Mt 25, 31-40).
Ser discípulo de Cristo significa también tratar de socorrer la indigencia física del mundo, curar las llagas frescas de Jesús en los más desfigurados e irreconocibles de sus miembros. Estas llagas son hoy espantosas. ¡si viéramos con fe a todos nuestros hermanos que sufren!
En su «tengo sed», podemos escuchar la voz de los que sufren, el grito escondido de los pequeños inocentes a quienes se les ha negado la luz de este mundo, la súplica angustiada de los pobres y de los más necesitados de paz[2].
Tienen sed. Pero a ellos se les da a menudo, como a Jesús, el amargo vinagre del rechazo. ¿Quién los escucha? ¿Quién se preocupa de responderles? Ellos encuentran demasiadas veces el silencio ensordecedor de la indiferencia, el egoísmo de quien está harto, la frialdad de quien apaga su grito de ayuda con la misma facilidad con la que se cambia de canal en televisión.
Quizá esta palabra de Jesús en la cruz es la más radicalmente humana. Y es que nos muestra la prueba definitiva de que está muriendo, de que Jesús está ante una muerte verdadera, de que en la cruz hay un hombre y no un robot programado. Jesucristo en la cruz «tuvo sed» de hacer amistad con nosotros. Aquél que nos lo da todo nos invita a la amistad pidiéndonos un don a cambio, algo que podamos tener para darle. Porque por encima de todo nos quiere a nosotros.
“Tengo sed”, Jesús las pronuncia con fuerza para que nos sea fácil escucharlo. Pero sabemos que no siempre resulta fácil escuchar su voz. Hay un sin número de ruidos, tanto a nuestro alrededor como en nuestro interior. La sed de Jesús en la cruz es entonces también la nuestra. Es el grito de la humanidad herida que sigue buscando agua viva. Y esta sed no nos aleja de Dios, sino que nos une a Él.
En la fraternidad, en la vida sencilla, en el arte de pedir sin vergüenza y de ofrecer sin cálculo, se esconde una alegría que el mundo no conoce. Una alegría que nos devuelve a la verdad original de nuestro ser: somos criaturas hechas para dar y recibir amor[3].
Sexta Palabra
“Todo está consumado” (Jn 19,30)
Por: María Teresa Torrico Arancibia
La sexta palabra de Jesús en la cruz, “Todo está consumado” (Jn 19,30), no es el suspiro de quien se rinde ante lo inevitable, sino la proclamación de una misión llevada a su plenitud. En griego, la expresión tetélestai no significa simplemente que algo terminó; significa que algo ha sido cumplido perfectamente, alcanzando su sentido más absoluto.
En este instante límite, Jesús no dice “todo se acabó”, sino “todo ha sido realizado según el querer del Padre”. Su vida no le fue arrebatada por las circunstancias; fue entregada libremente en una fidelidad total. Como el atleta que exhala su último aliento al cruzar la línea de meta, Jesús lanza un grito de triunfo. Es la voz del vencedor que ha superado la prueba más terrible: el rebajamiento y la obediencia hasta la muerte de cruz (Flp 2,7-8).
En este sentido, “Todo está consumado” es la proclamación de una fidelidad perfecta. Jesús no mide su vida por los resultados visibles que, humanamente, parecen un fracaso: abandono, injusticia, muerte, sino por la coherencia de su amor. Ha permanecido fiel en cada momento, incluso cuando el sufrimiento alcanzó su punto más alto. Ha amado hasta el extremo. Y ese amor, llevado hasta el final, es lo que constituye la plenitud.
Esta palabra confronta directamente nuestra manera de vivir. Porque nosotros, con frecuencia, confundimos plenitud con éxito, cumplimiento con reconocimiento, sentido con resultados inmediatos. Vivimos en una cultura que inicia muchas cosas, pero termina pocas; que se entusiasma rápidamente, pero se cansa con la misma velocidad; que evita el sufrimiento y abandona cuando el amor se vuelve exigente. Cuántas vidas quedan a medio camino: vocaciones debilitadas, compromisos rotos, sueños que no se sostienen en el tiempo.
En este escenario de cansancio crónico, improvisación y desánimo, Jesús se levanta como un testimonio de fidelidad y coherencia absoluta. Frente a la tentación de abandonar cuando el horizonte se oscurece, esta palabra ilumina la vocación cristiana y eclesial, recordándonos que nuestra misión es perseverar aun en medio de la prueba. No es la resistencia del que no tiene otra opción, sino la entrega total del que sabe que su vida tiene un propósito que trasciende el sentimiento del momento.
La plenitud de la vida no está en evitar la cruz, sino en atravesarla con sentido. “Todo está consumado” nos enseña que la verdadera realización consiste en unificar la vida en una entrega coherente y perseverante. Porque solo el amor que persevera es el que se entrega hasta el final. La confirmación de nuestra misión en la vida, como en la de Jesús, consistirá aún aceptar la vida del Padre eterno.
Hay una diferencia vital entre llegar al final de la vida y concluirla. Para muchos, la existencia termina, pero su trabajo queda inconcluso. Jesús, en cambio, concluyó Su obra. Él vino para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo (Hb 9,26) y herir de muerte al mal (Gn 3,15).
Al pronunciar el Tetélestai, Jesús manifiesta su conciencia de haber efectuado la voluntad del Padre hasta la inmolación. Ya no se necesitan sacrificios antiguos ni holocaustos de animales; Él se ha hecho Eucaristía perfecta. En Él se reúnen el sacerdote y el sacrificio, el altar y la víctima.
Nunca antes la tierra había ofrecido un culto tan digno a Dios. El Cuerpo inmolado y la Sangre derramada son la expresión palpable de una disponibilidad total. Al morir como el grano de trigo (Jn 12,24), Jesús permite que la vida brote de nuevo, más vigorosa, en la resurrección. Él no pasó por encima de los obstáculos, sino que los transformó en peldaños de redención.
Jesús murió para aniquilar al “señor de la muerte” y libertar a quienes, por temor a morir, estaban sometidos a esclavitud (Heb 2,14-15). Superado el miedo a la muerte, es posible que el amor invada el mundo. Ya no tenemos que amontonar seguridades o riquezas por temor a que la vida nos falle; en el Tetélestai de Cristo, nuestra seguridad está garantizada.
Contemplar a Jesús en este momento es mirar una vida plenamente realizada que no se guardó nada. En la lógica de Dios, nada de lo vivido en amor se pierde. Él pronuncia su palabra sobre nuestras vidas inacabadas para decirnos que, en Sus manos, nuestra entrega ya ha alcanzado su propósito. No se nos pide una perfección sin caídas, sino un amor que no se rinde. Al contemplarlo a Él, recibimos el valor para seguir amando cuando el amor se vuelve exigente.
Esta palabra no cierra la historia: la abre. Es el umbral de la resurrección. Es el momento en que todo ha sido preparado para que la vida nueva irrumpa, la entrega total de Cristo se convierte en fuente de vida para todos. Su “todo está consumado” no es el final, sino el cumplimiento que da paso a la plenitud definitiva.
Escuchar esta palabra es una invitación dirigida a cada uno de nosotros: vivir de tal manera que también nuestra vida, más allá de sus límites y fragilidades, pueda ser ofrecida, unificada y llevada a su plenitud en las manos de Dios.
Séptima Palabra
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46)
Por: José Luis Torrico
Hermanas y hermanos, como comunidad creyente, llegamos al final del camino del Viernes Santo, al momento más profundo y silencioso del gran misterio de la cruz. Jesús desde su naturaleza humana, ya casi no tiene fuerzas. Su cuerpo está cansado, respira con dificultad, el dolor lo atraviesa totalmente. Y, sin embargo, desde la cruz brota una última palabra, no de turbación, sino de confianza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con esta frase, Jesús no sólo entrega su vida; entrega su historia, su misión y su futuro al Padre. No muere aferrado al miedo y la desconsolación, sino sostenido por una fe y esperanza profunda.
Esta palabra y fragmento es la síntesis de toda la vida pública de Jesús. Él vivió confiando siempre en el Padre y así muere. No se rebela, no se resiente, no se cierra en la desesperación. Cuando todo parece terminar, cuando humanamente ya no hay nada que hacer, Jesús se abandona confiadamente. Nos muestra que la fe verdadera no consiste en entenderlo todo a la luz de la razón, sino en ponerse en manos de Dios incluso cuando no se entiende nada.
Este mensaje repica con mucha fuerza en nuestra época y también en nuestra realidad circunstante. En nuestra querida tierra “Cochabamba”, como en tantas partes del mundo, existe familias que viven con preocupación por el trabajo, por la economía, por la salud; jóvenes que sienten indecisión frente al futuro; adultos mayores que cargan soledad y abandono; hogares marcados por conflictos y excesiva violencia; comunidades creyentes cansadas de promesas que no se cumplen. Vivimos tiempos donde muchas seguridades humanas se tambalean, y eso genera miedo, desconfianza y a veces desesperanza.
En medio de esta realidad tan herida y fragmentada que nos toca vivir, Jesús no nos ofrece soluciones fáciles ni palabras vacías. Nos ofrece desde lo más profundo de su Ser, su propia actitud: confiar. Por ello, no implica una confianza inocente o irresponsable, sino una confianza nacida del amor y de la entrega a través del sufrimiento de la Cruz. Jesús conoce el dolor, conoce la angustia, conoce la injusticia, pero no deja de creer que el Padre sigue sosteniendo la vida, incluso cuando parece desfallecer.
Esta séptima palabra nos interpela profundamente a cada uno de nosotros. Nos pregunta en qué hemos puesto nuestra seguridad y confianza. Muchas veces confiamos más en el dinero, en el poder, en el prestigio, en el control, en el placer, en lo que podemos asegurar con nuestras propias manos y emociones. Y cuando todo eso fracasa, nos sentimos perdidos y agobiados. Jesús, en cambio, nos enseña con sus palabras y acciones que hay una seguridad más firme: la fidelidad de Dios, que no abandona a ninguno de sus hijos ni siquiera en la muerte.
Con esta palabra, Jesús nos hace la siguiente invitación: a hacer un camino de acompañamiento espiritual exigente y liberador: aprender a soltar, aprender a confiar, aprender a poner nuestra vida en manos del Padre frente a las realidades mundanas. No se trata de cruzarse de brazos de forma pasiva, ni de renunciar a luchar por una vida más justa, sino de vivir y luchar sin caer en la desesperación y la angustia, sabiendo que no todo depende de nosotros y que Dios sigue actuando, incluso en los momentos de desesperación nuestra.
Para cada uno nosotros, como Iglesia orante y como comunidad, esta palabra es también una llamada ética y social. Nos invita a no dejarnos gobernar por el miedo, a no endurecer el corazón frente al dolor ajeno, a no perder la esperanza cuando las cosas se ponen difíciles. Nos llama a seguir siendo solidarios, a cuidar al más frágil y desprotegido, a acompañar al que sufre, confiando en que el amor sembrado nunca se pierde.
Finalmente, esta palabra abre un horizonte de esperanza. Jesús entrega su espíritu y parece que todo termina, pero en realidad algo nuevo está comenzando. El abandono confiado prepara la Pascua. La última palabra no es la cruz, la última palabra es la vida. Allí donde Jesús se pone en manos del Padre, Dios responde con la resurrección.
Por eso hoy, frente a la cruz, también nosotros podemos decir con fe: Padre, en tus manos ponemos nuestra vida, nuestras familias, nuestra ciudad, nuestro país, nuestra Iglesia. En tus manos ponemos nuestras heridas y nuestros sueños. Porque cuando las seguridades humanas fallan, permanece tu fidelidad. Y esa fidelidad es la que nos permite seguir viviendo, resistiendo y esperando.
Que esta séptima palabra nos ayude a atravesar nuestras propias cruces con fe y a caminar hacia la Pascua con un corazón confiado. Amén.
Cierre final con bendición
P. Manuel Hurtado SJ
Queridos hermanos y hermanas:
Hemos permanecido junto a la cruz del Señor. Hemos escuchado sus últimas palabras. Y en ellas hemos contemplado no solo el dolor del Crucificado, sino también la hondura del amor de Dios.
Desde la cruz, Jesús ha pedido perdón para sus verdugos; ha abierto el paraíso al pecador que se confía; ha entregado a su Madre y al discípulo como nueva familia; ha asumido hasta el fondo la noche del abandono; ha expresado su sed profunda; ha proclamado el cumplimiento de su misión; y finalmente se ha abandonado con plena confianza en las manos del Padre. Así, en el momento de mayor despojo, Cristo ha revelado la plenitud de su amor y la verdad última de Dios.
Estas palabras no son solo memoria sagrada. Son palabra para nuestra vida. Son palabra para nuestras familias, para nuestra Iglesia, para nuestra ciudad, para nuestra patria. Son palabra para los heridos, los cansados, los que luchan, los que esperan, los que lloran, los que buscan a Dios aun en medio de la oscuridad.
Hoy, al pie de la cruz, hemos aprendido que el perdón es más fuerte que el odio; que la misericordia es más grande que el pecado; que la comunión puede nacer incluso en medio del sufrimiento; que la fe atraviesa también la noche; que Cristo sigue teniendo sed en los pobres y en los crucificados de nuestro tiempo; que una vida entregada al amor no fracasa; y que quien se pone en las manos del Padre no queda abandonado.
Volvamos, pues, a nuestras casas y a nuestras comunidades con el corazón marcado por esta certeza: la última palabra no la tienen ni la violencia, ni el pecado, ni la muerte. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra definitiva de Dios es la vida que brota del amor entregado de su Hijo.
Que esta contemplación del Crucificado nos haga más humildes, más misericordiosos, más capaces de acompañar el dolor ajeno, más cercanos a los pobres, más fieles en nuestra vocación cristiana y más firmes en la esperanza.
Y ahora, con el corazón inclinado ante Cristo crucificado, recibamos su bendición.
Oremos
Señor Jesucristo,
que desde el altar de la cruz
revelaste al mundo la inmensidad de tu amor, mira con bondad a este pueblo tuyo
que ha contemplado tu pasión santa y ha escuchado tu palabra de vida.
Bendice a tus hijos e hijas aquí reunidos.
Bendice sus hogares, sus trabajos, sus luchas y sus esperanzas. Bendice a quienes sufren en el cuerpo o en el alma.
Bendice a los pobres, a los enfermos, a los que están solos, a quienes viven en angustia, duelo o cansancio interior.
Bendice a nuestra Iglesia,
para que sea signo de misericordia, de verdad y de esperanza. Bendice a Cochabamba y a toda Bolivia,
para que en medio de sus heridas
se abran caminos de reconciliación, de justicia y de paz.
Concédenos permanecer junto a tu cruz con una fe humilde,
con un amor perseverante
y con una esperanza que no defrauda.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo,